Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.
Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.
A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza – pues no era invencible — sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara a la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.
El Chato estima que la compostura que se les exige a los árbitros es hipócrita y tiene más vínculos con la política que con la ley. Según él, un ser humano que recibe una patada en la yugular y en vez de aparentar cortesía tiene la oportunidad de desquitarse, resulta menos peligroso porque se libera de odios futuros.“Yo no andaba por las canchas repartiendo coñazos”, explica, “pero cuando había que pegar, pegaba, porque después me iba a matar la angustia de no haber reaccionado como hombre cuando me provocaron. Cuando se tiene un carácter como el mío, responder a las agresiones es una necesidad”.
Le digo a Velásquez que cambiar la justicia por la venganza nos devolvería a la época de las cavernas y añado que si al árbitro le dan un pito y unas tarjetas, es justamente para que no tenga necesidad de utilizar un garrote.
“Así es”, admite El Chato, con una rapidez que me indica que no le estoy diciendo nada que él no haya pensado antes. “Pero fíjese usted que a los futbolistas les dan una pelota para que le peguen patadas y quieren pegarnos es a nosotros”.
Vuelvo a la carga con el argumento de que el día que se apruebe la Ley del Talión en las canchas, tendremos más sangre que goles. Y El Chato repite la misma frase de hace un momento: “así es”. En seguida, con un movimiento resuelto de las manos, afirma que para evitar ese riesgo hay que pedirles a los futbolistas que reclamen en buenos términos y no con violencia.
– ¿Y por qué no les pedimos a los árbitros que no les peguen a los jugadores?
– Bueno, ahí le voy a contestar lo mismo que le contesté a un periodista brasileño, el día que expulsé a Pelé: no es bonito responder a un golpe con otro golpe, pero todavía no he visto la parte del reglamento que diga que los árbitros tenemos que dejarnos pegar.
***
Guillermo Velásquez mostró su vocación de juez desde la adolescencia. Cuando sus padres discutían, lo buscaban a él para que decidiera quién tenía la razón. Cuando sus hermanos peleaban, sólo él lograba reconciliarlos. Muy pronto, su capacidad de discernimiento y su sentido de la justicia fueron célebres en la familia. Primos, tíos y otros parientes menos cercanos apelaban a él, porque confiaban en la ecuanimidad de sus sentencias.Más tarde, cuando jugaba fútbol en el Colegio Deogracias Cardona, de su natal Pereira, no asistía con sus compañeros de equipo a la charla técnica de los entretiempos, sino que se iba con el árbitro a analizar el reglamento.
Cuando finalmente reemplazó el balón por el silbato, se liberó del destino gris que le esperaba como futbolista y recuperó el respeto que había conocido como consejero familiar. En ese momento descubrió que la satisfacción del que aplica la ley depende más del poder que ostenta que del bienestar que supuestamente le procura al prójimo. Si la cancha es el universo completo y los jugadores son todas las criaturas posibles, entonces el árbitro, que todo lo ve y todo lo juzga, encarna una autoridad más divina que humana, una presencia omnímoda que gobierna las acciones aunque no nos demos cuenta. Él y sólo él es capaz de detener la carrera del veloz atacante, con un simple movimiento de su mano. Él decide cuándo parar el partido y cuándo reanudarlo, y en ambos casos determina el punto exacto de la tierra en el que hombre y pelota se reencuentran. Ni el que es genio como Maradona ni el que es bravucón como Chilavert tienen licencia para tutearlo: deben dirigirse a él con una cierta reverencia caricaturesca —manos atrás y cabeza agachada— y además están obligados a acatarlo por los siglos de los siglos, auncuando valide como gol una pelota que pasó a 15 metros del arco. Como a Dios, al árbitro habría que inventárselo si no existiera. Los jugadores lo necesitan para justificar sus pecados y para que él los ayude a ganar el cielo que ellos solos no alcanzarían jamás de los jamases.
Desde el principio, El Chato disfrutó esa sensación de importancia que, según él, les gusta a casi todos sus colegas aunque no lo reconozcan en público. Por eso ahora, mientras sorbe su café, levanta la voz para decirme que no es ningún delito, como afirman algunas personas, que el árbitro sea protagonista. “¿Cómo no va a ser protagonista el juez que condena al matón o que evita una desgracia?”, se pregunta, alzando aún más el tono y adoptando un cierto aire de orador. “Usted debe saber, como periodista, que el problema no es la fama sino la mala fama”.
Estamos sentados en la cafetería del Parque El Salitre. Nuestros vecinos, muchos de ellos jóvenes que no lo conocen, lo miran con insistencia, y él se regodea en su silla comprobando por enésima vez que no nació para pasar desapercibido.
Estimulado por la atención del público, Velásquez enumera sus méritos en voz alta: fue —dice sin ruborizarse— el árbitro que les abrió las puertas internacionales a sus compañeros colombianos. Participó en la Copa Libertadores entre 1968 y 1982, pitó en cuatro Juegos Olímpicos y fue juez de línea en uno de los partidos más bellos que se hayan disputado jamás, el de Italia contra Alemania en el Mundial del 70.
Después observa que nunca se tomó un trago el día antes de un compromiso, que siempre se entrenó como si cada jornada fuera una final y que cuando se retiró, en diciembre de 1982, era el árbitro que había pitado el mayor número de partidos en los cuales ganaban los equipos chicos. “Y de visitantes”, añade.
“Lo mejor de todo”, dice ahora, “es que puedo jurar ante el país que nunca me torcí. Cuando me equivoqué, me equivoqué de verdad y no me hice el equivocado. Y no solamente por honesto, sino porque siempre me quise mucho a mí mismo. Mi orgullo no me permitía quedar como un chambón”.
Le pregunto si pegarles a los jugadores, como él lo hizo, fue un defecto o una virtud. El Chato sonríe, me mira con malicia por encima de su pocillo. Calla.– Ay, hermano, dejemos eso quieto. No me haga enfermar.– Por su sonrisa, parece que no se arrepiente.– Mire: yo no me siento feliz de haber tenido un genio como el que tuve. El temperamento me traicionaba y ese fue mi único error.
Después de unos segundos de silencio, en los que parece apenado, encuentra un argumento que le devuelve la seguridad. “¿Sabe una cosa?”, me dice, con el rostro iluminado. “Ser peleador me sirvió para conservar la pureza. Cuando uno quiere imponer siempre su autoridad, ya sea a las buenas o a las malas, no puede darse el lujo de tener rabo de paja”.
Llegado a este punto, El Chato estima pertinente un par de aclaraciones: cuando le pegó a un jugador fue porque, indefectiblemente, éste le había pegado a él primero. Y en todo caso, aquellas fueron calenturas pasajeras que nunca traspasaron los linderos del estadio. Eso sí: insiste en que para no quedar rumiando odios, era absolutamente necesario que le atizara un porrazo al agresor.
Desde 1957, año de su debut en el torneo profesional, aparecieron los problemas. Alberto Castronovo, jugador del Atlético Nacional, aprovechó un embrollo para darle a Velásquez una patada alevosa en la canilla. Velásquez se retorció en el suelo, durante varios minutos. Cuando se repuso del golpe actuó como si no supiera quién le había pegado. De pronto, en un tiro de esquina, vio, nítida, la oportunidad de desquitarse. Calculó que, por el momento, los espectadores estarían pendientes del jugador que iba a cobrar y se colocó en el área, al lado de Castronovo. A continuación, lo conectó con un derechazo en la barbilla. Castronovo rodó por el pasto pero se levantó en seguida, furioso, y se lió a golpes con el árbitro, en medio de la sorpresa del público. Entonces, varios agentes de la policía entraron en acción, dispuestos a retirar al jugador por la fuerza. “No, señores”, les dijo El Chato, autoritario. “¡Háganme el favor y dejan al caballero en la cancha, que no está expulsado!”.
–¡Pero cómo que no está expulsado, si vimos cómo le pegó a usted!– ¿Y no vieron cómo le pegué yo a él? Si se va Castronovo, me voy yo también. Pero como donde manda árbitro no manda policía, he dispuesto que ni se va él, ni me voy yo.
El Chato guiña un ojo y advierte que la justicia depende más del sentido común de quien la aplica que de simples leyes escritas en un papel. Para ilustrar su teoría, recuerda la vez que Miguel Ángel Converti, atacante de Millonarios, recibió un pase de espaldas al arco, en un clásico contra el Santa Fe. Desde antes de que Converti tomara la pelota, Velásquez había sancionado fuera de lugar. Pero el jugador, que al parecer no escuchó el silbato, llevó el lance hasta sus últimas consecuencias: durmió el balón con el pecho, lo hizo rebotar sobre su muslo izquierdo y luego se suspendió en el aire — cabeza hacia abajo y pies hacia arriba — en una chilena espléndida. El proyectil se clavó en un ángulo imposible de la portería y Converti corrió como loco hacia el banderín de córner, mirando hacia el cielo y zafándose de los compañeros que querían abrazarlo, como si pensara que su virtuosismo lo alejaba de los atletas y lo acercaba a los dioses.“Si yo hubiera sabido que Converti iba a concluir esa jugada como la concluyó”, dice Velásquez, “no habría pitado el fuera de lugar. Fue la única vez que quise hacerme el equivocado en una cancha y créame que lamento mi acierto como si fuera un error. Es lo que le vengo diciendo: según las normas, yo actué bien, pero no fue justo que yo le robara semejante joya al público. Donde yo valide ese gol, hasta los hinchas del Santa Fe se ponen contentos”.
Le pido a Velásquez que me haga el inventario de los futbolistas a los cuales golpeó y me responde, aparentemente apenado, que “eso no vale la pena”.
–¿Por qué?
–Hombre, porque no fueron tantos. Pero ya que insiste en este punto, diga que una vez le hinché el ojo a Orlando Herrera, del Tolima, porque se propasó conmigo en un reclamo. ¿Y sabe qué pasó en el partido siguiente que me tocó arbitrarle en Ibagué? Que el tipo fue a buscarme a mi camerino y me llevó abrazado hasta la mitad de la cancha. ¿No le parece bonito? Si no me reconocieran sentido de la justicia, no me perdonarían. Yo habré sido brutal, pero soy más humano que muchos de los que se creen mansas palomas, porque pegué puños pero no maté a nadie con el pito.
***
El Chato, que no cesa de ufanarse de su ecuanimidad, señala que si hoy fuera otra vez el miércoles 17 de julio de 1968, volvería a expulsar a Pelé.Ese día, El Santos de Brasil, considerado el mejor equipo del mundo, enfrentaba en un partido amistoso a la selección Colombia que participaría en los Juegos Olímpicos de México.
Muy temprano, Velásquez validó un gol de Colombia en aparente fuera de lugar. Los brasileños se pusieron histéricos y cercaron al árbitro. Uno de ellos, de apellido Lima, fue expulsado. Como se negaba a abandonar la cancha, fue sacado por la Policía. Cuando iba por la pista atlética se les soltó a los agentes, se devolvió al terreno de juego y le asestó una patada a Velásquez. Éste le respondió con un leñazo en el estómago, que generó un amago de gresca.El partido continuó con muchas tensiones hasta el minuto 35 del primer tiempo, cuando Pelé vio la tarjeta roja por reclamar, de mala manera, un supuesto penal en su contra.
En principio lució desconcertado, pero no tardó en aceptar el fallo. Entonces emprendió el retiro de la cancha con un gesto irónico y desafiante, como un monarca que se mofara de la orden de destierro impuesta por su vasallo. “Ese tipo está loco”, repetía Pelé, una y otra vez, ante el cronista de El Espectador que lo esperó en la pista atlética.En ese momento, los jugadores del Santos rodearon al árbitro. “De 28 personas que tenía la delegación brasileña”, recuerda El Chato, “me agredieron 25. Los únicos que no me pegaron fueron el médico, el periodista y Pelé”.
Velásquez se sintió empequeñecido, arruinado, cuando los 60 mil espectadores del estadio El Campín comenzaron a maldecirlo a gritos y a pedir el regreso de Pelé. Después, cuando los directivos de la Federación Colombiana de Fútbol decidieron que volviera el futbolista y se fuera el árbitro – un hecho único en los anales del deporte – se acordó del refrán según el cual la justicia en nuestro país “es para los de ruana” y hasta agradeció que a Pelé no se le hubiera ocurrido asaltar un banco, “porque con seguridad aquí todavía lo estuviéramos aplaudiendo”.
Adolorido más por la humillación pública que por los golpes recibidos, El Chato demandó penalmente a la delegación brasileña. Lo hizo por recomendación de Lisandro Martínez Zúñiga, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, que esa misma noche lo visitó en el camerino para ofrecerle sus servicios como abogado. Los jugadores del Santos permanecieron en Colombia casi dos días más de lo previsto, retenidos en una comisaría, y al final tuvieron que pagarle a Velásquez 18 mil pesos y ofrecerle excusas por escrito, para poder viajar a su país.
Años después, ya retirado del fútbol, Velásquez buscó la manera de encontrarse con Pelé. Entendía, como siempre, que más allá de las leyes escritas necesitaba un acercamiento humano para quedar a paz y salvo con su conciencia. "El Rey" lo atendió en Miami y hasta lo invitó a almorzar.
Ahora le pregunto a El Chato qué habría sucedido si Pelé le hubiera pegado cuando él lo expulsó, y me pide, muy serio, que por favor no le haga una pregunta tan perversa. “Mire que me voy es a enfermar”, añade.
–Es sólo una suposición, no más que una suposición.
–Bueno, en ese caso, permítame responderle con una pregunta. ¿Usted qué cree que hubiera pasado?
Publicado por El Clavo.com - http://www.elclavo.com/impreso/el-arbitro-que-expulso-a-pele/
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El testamento de "El Chato"La historia del fútbol sin duda es una de las más bellas que tiene este deporte. Por la calidad de figuras, hechos memorables, realizaciones y el riquísimo arsenal de anécdotas del mejor espectáculo del mundo.
En un diálogo sostenido con el dirigente paraguayo Nicolás Leoz, presidente de la Confederación Sudamericana, destacaba que reunir las vivencias del fútbol no es sólo una tarea titánica sino también excitante, plena de entusiasmo.
Y este destacado hombre de fútbol estaba en lo cierto, porque para quienes estamos en la labor de informar a la comunidad, recorrer archivos, regresar a tiempos pasados, recrear imágenes gloriosas y momentos inolvidables, es una labor siempre atractiva.
Pero también hay que dejar para el futuro un testimonio de lo que ha sido, a grandes trazos, la labor de dirigentes, futbolistas, árbitros, periodistas y aficionados en más de 60 años de fútbol en Colombia.
Reconocimiento a un personaje solicitado por los lectores que lo recuerdan con cariño, anécdotas, historias, hechos y sucesos. Es amigo de Pelé, está en su lista de privilegiados. Tiene una memoria fotográfica. A sus 78 años de edad, ha sufrido varias intervenciones quirúrgicas y no hay “repuestos” para su modelo y estilo.
El árbitro Guillermo “El Chato” Velásquez se dio el lujo de expulsar a Edson Arantes do Nascimento, Pelé, por “un madrazo”.
“Donde yo me hubiera imaginado que expulsando a Pelé me iba a echar ese San Benito encima, aún en este siglo XXI, me hubiera hecho el loco. Hay gente que me habla con groserías”.
Usted “Chato” expulsó a Pelé y yo pagué mi boleta. Guillermo con su frescura característica responde: “Sos muy tonto, por qué no me dijiste que eras amigo mío para no echarlo”. Es increíble. Eso sucedió hace 42 años, el 18 de julio de 1968.
“La primera vez que me encontré con Edson Arantes después de la expulsión, fue regresando de dirigir un partido entre Nacional de Montevideo y la Universidad de Chile en Bello Horizonte, Brasil –chancha central- en pleno invierno. No se pagó boletería y estábamos tan sólo los árbitros y los oficiales de la policía. Un partido que no interesaba a los brasileños porque eran equipos de dos países que son considerados poco importantes para Brasil. Tienen mala memoria, olvidan lo del Maracaná”, dice “El Chato”.
”Al regresar al Hotel en Copacabana”, agrega Guillermo, “me encontré con Pelé y exclamo: oh Velásquez bandido’. Luego nos reencontramos en Miami en un partido Show. Pelé me quitó el pito y las tarjetas y lo dejó como un recuerdo inolvidable. Luego me invitó a almorzar, al otro día Edson viajó a Roma a visitar el Papa”. Velásquez reitera que con Pelé soy muy amigo, demasiado amigo.
Guillermo “Chato” Velásquez nació en Pereira, dice que por naturaleza es una bomba de tiempo. “Mi apellido es de origen español porque Velásquez viene de gitanos sevillanos. Además, soy indio Quimbaya nacido en el Eje Cafetero. Tengo más sangre de negro que de cualquier cosa. Gracias a Dios soy una verdadera papeleta explosiva, cuestión de natura”.
”Llego al arbitraje por accidente, pues quería ser jugador. Pero es sincero y honesto, era demasiado malo. En el fútbol se viven muchas cosas. Siempre hay buenos y malos, pero en este siglo suele decirse con frecuencia que fulano de tal es honrado y otro responde: ‘ese de qué estará enfermo’ la gente no cree en nada, es terrible”.
”Quién lo creyera el dirigente Aníbal Aguirre Arias fue el que me dio la oportunidad de dirigir un partido entre el Fluminense y el Deportivo Pereira”.
“Habían nombrado a Ovidio Urrego, pero luego decidieron que lo dirigiera yo, me pagaron $ 120 pesos y por ‘el cajonazo’ tuve que darle $70 pesos a Ovidio”.
Los jugadores más complicados para Guillermo fueron los provocadores, porque el que provoca es cobarde. “El campeón de campeones: Eduardo Julián Retat- armador de líos y problemas- pero la gente lo consideraba guapísimo”.
Guillermo tuvo una vida polifacética: boxeador, árbitro, cuidador y peluquero de gallos y cuando la situación estaba difícil en la galería central, como tenía varios amigos ‘le jalaba’ al oficio de la carnicería.
Pitó 776 partidos, incluyendo participaciones en Copa Libertadores y partidos Internacionales. Es de destacar que el ‘Chato’ con Alberto Castronovo, defensor que actuó en América, Nacional y Unión Magdalena y que ahora reside en Cali, tuvo un agarrón. “Alberto jugaba con el Nacional ante el Quindío y en uno de los pasajes me pegaron una patada y no supe quién”.
“Me paré con los brazos abiertos y Alberto se me vino encima, pero yo, como fui boxeador, lo sembré de un taponazo, lo casqué, tenga pa’ que lleve. Lo cogí del cuello y Castronovo le decía sus compañeros sacando la cabeza: ‘quítenme al ‘Chato’ que me va a ahorcar”.
”Ese día entró a la cancha un inspector de policía con pistola en mano y ordenó que se iba a llevar a Castronovo y yo respondí: ‘cómo así, si el que le pegué fui yo’”, señalo Guillermo. “Luego, como cosa rara, no lo expulse”.
”Tiempo después en la Avenida Sexta de Cali, me encontré con Alberto que estaba acompañado de su esposa y le dijo: ‘amor, ese enano fue el que me pego’”.
”Muchos jugadores, al igual que yo”, expresa Guillermo Velásquez, “tenían un genio que peleaban comulgando”.
”Cuando me inicié en el oficio, en una ocasión expulsé al ‘Pelicandelo’ Edwin Vallejo, porque tuve una tarde desastrosa como juez de línea”. Y pensar que tiempo después fue considerado como uno de los buenos árbitros colombianos. Casos y cosas del fútbol.
Hay que anotar que Guillermo “Chato” Velásquez, como profesional hizo más cursos de técnico que de árbitro. Estuvo en la Asociación del Fútbol Argentino -AFA- durante 20 días, oyendo hablar de tácticas y sistemas. “Botaban corriente que daba gusto”.
Recuerda también “El Chato” que en una ocasión lo llamó Miguel Rodríguez para que le recomendara unos jugadores paraguayos. “Yo tenía en la mira a Juan Manuel Battaglia, que lo compraron por un millón de dólares y le encimaron a Gerardo González Aquino”.
”También había traído con anterioridad a Oswaldo Pérez, que llegó en bus por la ciudad de Pasto y fue figura en el Once Caldas”.
Recuerda Guillermo que se inició como futbolista aficionado en el equipo Boca de Pereira. Era curioso, no se sentaba con los compañeros sino con los árbitros. “Un día, Enrique Rodríguez, que era presidente de los silbatos, me vio que hice una jugada de crack y al termino del partido me dijo: ‘Chato’, vas a ser mejor árbitro que jugador’. Dicho y hecho”.
Guillermo ‘Chato’ Velásquez confiesa: “La verdad te lo reitero Fabio, yo no peleaba con nadie. Le menté la madre a más de un jugador que me la quería montar. Como ser humano cometí muchos errores. Era muy vivo y de temperamento, de chispa adelantada”.
“De bruto no tenía nada. Eso sí, de muchos reflejos. Jamás conocí al hombre del maletín, por lo menos no lo vi durante mi carrera profesional o si no había llevado del bulto. Un detalle así de chiquitico. Usaba gafas con una pita que antes de los partidos me lo quitaba. Y en más de una ocasión, no es cuento, los jueces de línea eran sobrinos míos”.
Guillermo “Chato” Velásquez reveló lo que puede ser su testamento en vida, no se arrepiente, puede morir tranquilo. Quiere y respeta mucho a las personas. “El Chato” fue polémico, polifacético, pero honrado y trabajador, es su mayor patrimonio y riqueza.
Publicado por elpais.com.co de Cali, Colombia

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