Suele hablarse de los tiempos idos como se habla del viento mismo, con su halo de cosa intangible. Igual se menciona a los individuos que con ellos se van. De hecho, y por supuesto, su presencia perdura hasta donde la memoria alcanza. A este propósito ha dicho el periodista Juan Gossaín, desde su perspectiva hacia el mar de Cartagena: "La verdadera muerte es el olvido".
Y es al punto de estas líneas como Antonio David Martínez, el legendario Marquitos, permanece vivo. Pasó por el fútbol colombiano en el oficio de kinesiólogo o masajista, según se designaba a esta profesión. O, ¿cómo se le dice hoy a aquellos hombres de manos portentosas a cuyos prodigios se deben las piernas de los futbolistas y en general de todo deportista?
Oriundo de Barranquilla, de donde emigró para instalarse en Ibagué, Martínez pertenece hoy a la posteridad. El Deportes Tolima y la Selección Colombia de los años 60 y 70 lo recordarán no solo por sus calidades profesionales, sino como referente humano en su calidez, espontaneidad, el siempre buena onda, el amigo incondicional,, el confidente, el padre...
Tiempos eran los suyos cuando el kinesiólogo era el infaltable número doce en la foto del equipo, pero también el correvedile del director técnico en momentos cruciales del partido. El auxiliar en las decisiones del banco. El ventrílocuo del entrenador que por suspensión disciplinaria resultaba confinado a la tribuna. Eso y mucho más era Marquitos.
| Marco Martínez, a la derecha, en la fila del medio, en una de las selecciones Colombia que integró. |
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